HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy camino.. con el viento mordiéndome en el pecho. Con un soplido fantasma en mi oido, abriendo en el callejón cadáveeres de cabra que recogen en algún lugar las guitarras que cantan a los montes.. cuando los techos han sido destruidos. Todo ha cubierto otra profundidad mucho más etérea y nocturna. Oigo los ritos del peyote.. cuando duerme sujeta en la flor de cristal y peso todas las noches entre mis dedos como puñales que escriben en la arena ese lugar donde te perdí para siempre, para besar al sol.
Ya no voy mirando donde secar los papeles para cambiar la mueca del espantapájaros con aguja e hilo y evitar la llamada del abismo. Voy a pecho abierto, sobre la canción que ovilla la muerte en mi oido. Ya no hay tiempo.. para cerrar la puerta y mirar a otro lado, mirando en la ventana, tu ventana de vaho de ortigas. Ni es el tango, ni el porqué a mí, ni esos huesos revolviendo los cajones y desordenándote el nombre de la flor en medio de la nada.
Hay que ir con la huella en el fuego. Con la fe y la inexistencia, en el mismo grito. El allá se abre en la grieta donde el aquí expulsa sus demonios y abre como jaurías el corazón de lo desconocido, como si fuera a morir al peso del cuchillo de lo ausente. En ese instante, donde colgamos del abismo y todo pierde su significado, y no alcanza la fe, ni el amor caliente ningún regazo, algo conjura, en el interior de la palabra, el vértigo del éter y volvemos a abrir los ojos y a ver los colibríes en la selva.

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