HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La belleza. El latido de la contracorriente, peinando en tu cabello, ese hálito de muerte que dejé a mullir en tu cama.
Tanta sangre inútil empañando los lirios. Cuando llorabas hielo tras los balcones. Y en tu cuerpo amordazado por el camino peligroso que tomaste para no traicionar lo último que te quedaba en la canción, de Itaca, de tus migajas de hiel y etanol abrazando pájaros de lo insibible. Yo era el bajo cero, de un error cualquiera que en su antagonia hizo de fruto. El sacrificio éramos nosotros. Tú debías matarme para volver sobre tus pasos de viejo lobo. Yo debía también tu crimen a la luna, para que tu cadáver tiñera mis pupilas del resplandor.
Hoy apaciguada... del arte de los puñales y la distancia... puedo volver a quererte, animalario y noche de brujos, dolor y explosivos, para acunar en mi desfiladero el piano. 
Porque fuiste tú el verdadero chivo expiatorio de mi corazón. Tú, la última historia de la tierra. La que me llevaría en su réquiem y profanada tumba, a la Isla. Con los moratones, como álamos cruzando la nieve. Con el amor roto en mil pedazos de mil espejos rotos, como el semen de Alibabá en mi cueva.

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