HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Mi locura, después de pasar por el manicomio, mi luz, mi nervio, mi arma y mi estrella, se llenó de lombrices oscuras y hambrientas... del crímen de la noche en esa cruz de rebanados cerebros en el semen del caimán.
Crucé el desierto.
Bebí en mi propio cráneo la lágrima de la rosa de jericó.
Clavé un cuchillo, sacrifiqué, el allá y el acá. Mi cuerpo envenenado se dedicó a cavar durante diez años, la tumba por la que volvería a salir.
Hoy vuelvo a ver los caballos y la sombra encima. Soy jinete de polvo. Estuve allá. Fui destruida. Estuve acá, rompí todos los pactos. Prostituí todas las promesas. El humo sabe. El humo guió secretamente mi amnesia. Porque cuando sonaron los tambores, ya no podrían arrancarme el corazón. Ya me lo había tragado. El resplandor es lo único que queda. La muerte toca una serenata de peyote sobre los cadáveres de las cabras. Los que comen, serán comidos. Los que aman, serán amados. Yo no tengo nada.

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