HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Nací ausente... entre tu parpadeo. La vigilia era un acto de fe que sangró la bala cuando te preguntabas que labios asir a la trompeta final del mármol. Y con yeso entre mis congeladas toqué los xilófonos de mi exilio, y tú eras polvo mordiendo los álamos, trayendo el invierno a casa.
Salí disparada por un escalofrío que no cabía en los papeles, ni ningún dios vivió para contarlo cuando bajaban tu ataúd esos hombres de sal, hacia el mar que nos cerrara las lágrimas.
Perdidos, con la culpa del fuego entre las piernas, alimentando a la serpiente que ya había estado allí.
Éramos intrusos y mendigos. Con esa rayadura de tierra mojada, en la palabra perdida. Tatuando en tu penumbra la rosa del aire amortajada en mis senos.
Ya no hay dios que nos mulla en el aullido un lugar para dejarnos ir. Todo está lleno de desfiladeros prendiendo en tu corazón la semilla que ha nacido demasiado lejos de la vida.

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