HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Se mugre de tu noche sobre la arista, empuñando la canción del fuego, en ese amor que mataba tantas neuronas bajo la luna llena. Hoy somos residuo de una pobreza enamorada que celebra el pututu y el hash, debajo de los pentagramas del hambre. Borré mi caligrafía en tu cuerpo y até el mástil del fracaso bajo tu patria destruida. No vinimos acá a ganar. Nos supimos del bando de los vencidos cuando aprendimos historia en esa escuela a la que llegamos ratas histriónicas del metalpunk. 
Fui también un DIU en la casa de tu madre.
El perdón lo tomamos por la fuerza, porque pidiendo permiso nunca se llega a ninguna parte. 
Me dediqué a escribirte en las puertas de esos retretes de tus tretas sin arreglo de diéresis cuando faltan amanitas y razones. Y el orin escribió mejor el riesgo acumulado en la nada. A lavarse de carmín y de luna, en el barro. En tu cuerpo siempre fui extranjera. Tu gozo me decía lo mismo que las paredes del manicomio al oido cuando matábamos rosas al querer volar. Tu amor, era un policía del infierno, era la sed en esos campos de cultivo de teja y martillo. LLenando de carbón el aleteo del patio, cuando tomamos prestado el vino y la muerte. Tú no eras claro. Naciste maldito en una noche muy fría. Tú habías perdido la inocencia en unos pechos que te amamantaron hijo bastardo del vacio. No te culpé. Me manché con tu sangre el vestido y el futuro. Yo tampoco había caido de una cigüeña. Ni la tierra abría el paso.

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