HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Todo todavía va muy lento. Percuto las distancias en esas manchas de tu papel vacío deambulando los balcones donde sufren insomnio las amapolas y las astillas de la ventana chupan tormenta en tu rincón de ceniza. 
Estar en medio del viento, sin hacer pie, sin distinguir tu verbo de la bruja nada. Sin tener ya ningún rostro tatuando umbrales en el desierto. Ni un porqué que haya sido exclusivo en esa oda del volver o levantar aquí el refugio y que valga todas tus risas. No he llegado a nada con la posibilidad de quedarme. Y he sido arlequin con los extranjeros que como yo robaban en la luna, un pasaje del teatro que dejar en la tierra con la víscera y el fuego. Todos los que amé fueron impostores en la llamada del vacío sobre las bodegas, cuando hacíamos remos con espejos rotos. Todos fueron ladrones de lo que nunca sería de nadie. Y jugámos el baile de los sedientos con la amorfosidad de un cielo invicto. Hoy ya no son mis víctimas del poema, ni mi nostalgia, ni mi aguja ni mi whisky. Son sombras que se maquillan con sangre de pájaro cuando es la hora de cerrar y nadie se marcha.

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