HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Voy entre las costillas del viento... y los fantasmas que ahogan en mi corazón el aullido del pájaro. Es mía la sombra y la luz. Lo que me contiene y me destruye en la vibración del barro, me levanta en la de la hierba. No jugamos con líneas. No jugamos con sucesiones. No usamos la gramática ni la sintáxis, ni acabamos la puta frase que necesitas para que me perdones. No le damos lo que necesitan tus vizcos para chuparme el verde en los pezones.  Usamos esa bicicleta de humito. Somos psicóticos por resplandor. Por paradoja. Por lenguaje. Por la carne cociendo el hueso que el cromañón pone en su cuchillo.  Entre los humanos, somos los muertos, los farsantes, los que beben sangre de lombriz para no envenenarse de los humanos. Pero somos humanos hasta la desesperación. 
Acá, no nos haremos la foto. No pondremos nuestra firma.
Somos hijos de pumas y de muertos.
Somos la amnesia del asfalto recogiendo setas en los burdeles.
Estamos mucho más locas de lo que podrías soportar si metieras tu pene en mi cama.
Y todo lo contrario cuando agita el maíz el rocío. 
Aprendimos éstas artes en el suburbio. Cuando clavamos un cuchillo, a nuestro yo, hermano de los hermanos. 
No quisimos ser ni puñal ni credo, ni maestros ni aprendices, ni tu dirección postal, ni la madre de tus hijos.  No nos vendimos a los crucifijos ni a las hachas. Todo lo tuvimos. Todo lo perdimos. 
Sólo comprendió aquél perro, cuando con moratones en mis muslos sudaba la absenta de los burdeles. Y en su ladrido, los cascabeles de barro trajeron a la serpiente del sol. 
Tengo tantos disfraces encima del pellejo de mis muertas, que sólo un loco podría mirar mis ojos y entender la palabra homicida de la luna en mi lágrima. 
Yo también me metí en aquél vagón, pedí limosna, comí la mierda que nadie quería. Me lavé con metales la cicatriz de mis brazos. Y supuré el dragón en mi tumba.
Yo también mentí todas las mentiras que fui a capaz a perpetrar contra el cielo. 
Fui chivo expiatorio de mi poema. Y extorsioné el tuyo en mi sexo, para comprarle un viaje a alibabá y pagarlo con sangre y con ruina. 
Hoy.... la montaña... anida bestias que esperan mis juguetes rotos para revivir la salvia. 
Soy y no soy. No le debo nada a nadie. Y sin embargo lo debo todo a la música que hizo mil partituraas de peces incendiarios en mis instintos suicidas. Y el allá, insobornable, no deja entrar a nadie que no tenga el corazón abierto a balazos por lo desconocido y la pobreza.

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