HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ahora todo es silencioso. El amor es aquella crisálida de espuma de mar, alada a los amores hundidos junto al naufragio, defendiendo imposibles lazos entre el poema y la carne. Fui a buscar a dios al fango y encontré el nombre de tu perro escrito con tiza en el aire. Con tus ojos de agua drenando las arrugas de mis piedras en un quizás imposible. Y ya nunca, el vino, trepó aquellas escaleras para calarte la humedad cuando volabas y en tu cuerpo los moratones yacían mi pasión en esa cárcel. No olvidé. Nunca fui la misma. Porque allá, cuando la bala rompe en cachos el cielo, la metonimia obligar a sacar esas paladas de tierra y cubrir en la voz, la fractura de la luz, mientra la calima baila el vals con la sombra.
Volví a la zona 0 cada vez que recordé tu rostro en los andenes, con ese perfume de callejón y de guitarra, eligiendo una muerte más enamorada para el plural extinto.
Y porque no ocurrió nunca en lo asible, no disolvió. Pero fue absurdo. Fue muelle de alcohol cuando flotan muertos los peces del Leteo. Y las lágrimas de tus ojos, moldean el barro roto de mi plato. Beben los búhos. Bebe la luna suicida. Y yo me voy, sólo sé irme.

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