HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Antes cuando escribí la historia del tambor y los ladridos que empecé a escuchar desde la vibración del tambor y el perro gruñendo y acechando como si hubiera una criatura no física, no conté, que le conté justo esa historia a mi madre. Y ella me dijo que justo allí, estaba enterrado un perro suyo que se llamaba Tao, y que fue envenenado por alguien, dijo da igual ese hombre ya murió, un fin de semana que ella estuvo en La Cepeda. Y todo eso me hizo pensar, un poco con escepticismo... en la información que dijo mi madre. Porque yo aquella presencia la había sentido en otro lugar de mis abstractos. Pero hoy quiero volver allí con el tambor.

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