HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Cantan los gallos. Las cromáticas del verde se desfilan hacia las nubes. En mi agujero vive un columpio, una cuchilla y una flor de papel. Yo colecciono el hedor de su impenetrable despedida en los pliegues de insurrecto camino hacia el ardimiento de mi raíz en la mano vacía de la nada devolviéndome el primer beso de mi madre.
Soy ya muy vieja, de tejidos de palabra... mezclando con los impostores el líquido amniótico de la cicuta y de la luz, cuando no tenemos ni queremos nada. Vivimos apurando la quimera del cielo y la gravedad del fango, al beso de la crisálida, al torrefacto de los trenes del jamás.
Todo pasa y viene a morderme en el cuello, desde la grieta de la realidad. Mis sueños duermen en los senos de la bruja que hizo la cabala y el viaje del eterno retorno en la cruz de mi ausencia.
Me quedo mirando los pinares con tu muerto lamiendo las botas del camino excluido. No tiene fin el poema ni función ni ofrece morada. Es un parásito de la rebelión. Es vagabundo, cucharra y pólen, de la cocción de mi locura y de mi sacrificio. Cuando no cedemos ni la luna ni la tumba, ni a la salvación ni al suicidio. Ni soy yo, cuando acabo de hablar ni cuando empiezo a romper mis paredes.

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