HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

 Son días extraños, de palabras derramadas en la lejanía de tu grito de sal. Donde ya no importa nada de lo que movimos entre las nubes por salvar aquél poema de los hijos de tus tumbas. Hoy me golpea una canción sumergida en la oscuridad del callejón cuando sangras rosas en un papel vacío y asaltas las grietas de la ausencia desde el golpe seco de las neuronas en un histérico piano del dolor de los campanarios en el centro de la noche.
Pasará. Todo pasa en el curso de la metonimia y el amor desvencijado de sus frutos en el camino que arde. Duelo de la latitud de la espina, toco el fondo de los fondos, y me voy con los tambores donde hablan los cangrejos. No me quedaré sacando palas de tierra aquí. Sólo 3 o 4 cantos. Nada nos ha tomado para siempre. No nos debemos al cráneo de ninguna ausencia haciendo de flauta en el río del olvido. El grito de la desolación es parte del Teatro. Un darse cuenta con los escombros del fuego atando vals hacia ninguna parte. Recoger la luz clandestina del río y exorcizar las botas del baile en el trepar de murciélagos sobre la ebriedad amada del Imposible.
Mis ausencias siempre han sido cuerpo en mi cuerpo. Una forma de amarrar el corazón del mar en la lejanía.

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