HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Fue a parar al paso cortado con tequila en tu via crucis. Fue a desdoblarse el lomo en tu sudor desamparado de pesadillas de heroina a la medianoche sin trenes.
Fui a su lado, a resalcir lo que no debió pasarnos, cuando las estatuas de sal, tocaban campanas en las heridas de tu sexo y en tu alma, el infierno exhalaba las pesquisas de mis escombros. Los dos llenábamos de naipes la mesa, rodeados de sordos y de muertos, cojos del tictac, ahorcados de su propio verbo defendiendo un cielo de códigos de barras.
Los poemas siempre tenían hambre. Era díficil vivir en la tierra sin tener cuernos, antenas y rabo y una espada de nitroglicerina. Seguramente lo hicimos mal. Éramos demasiado enamoradizas. Demasiado frágiles en la atracción del trueno. Y ese ansia de tocar el piano del infierno y ser luz blanca en los encefalogramas planos, nos metió muchos vicios en la tráquea, muchas palas y hoces en el colchón.
Ahora a nada le importa una mierda, los excesos atropellados del amor y de la luna. Seguimos, como lo hace la tramontana y la nube negra por tus pecados. Somos el poso del fondo del vaso del hambre, leyendo astrologia a los virus. De vez en cuando, lo negamos todo, lo afirmamos todo. Porque es lo mismo, mientras la mar se ancha.

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