HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ha salido un poco el sol.
Mi casa navega entre cráneos de tierra seca y sangre de vides. Yo soy la tripulación desaparecida. La soledad en la barra del bar empañando los vídrios con alientos de absenta que chuparon las cicutas de aquél septiembre ahorcado en la brújula.
Todo es raro. La realidad se sostiene sobre el aborto de ella misma. Hay otra percepción que espera debajo de los cartones cuando el frío trepa las paredes y los nombres del olvido. Ella estuvo mucho antes que el afloje del equilibrio rompiéndose huesos en el malecón, cuando los perros bajaban a la orilla y acuchillaban en tu corazón lo que vendió el Teatro en juegos inocentes de los que salimos criminales de la duda.
Soy el completo desorden de mis trazos de tiza en tu tumba, tratando de regurgitarte de vida en mis pechos. El reloj de pared del manicomio siguió destruyendo los ojos que ausentes buscaban al Capitán Garfio en su grieta. Siguió sonando en mis noches insomnes como la única constancia del paso que baja al sótano y persigue la luna. Era aún peor fuera de sus muros. Pero declaramos el hacha contra todas las cuerdas, contra todos los regresos.
Mis putas del romanticismo se quedaron sin sangre y sin monedas. Yo asfixié lo que quedaba de sus libros abrazándome al sílice cuando el crepúsculo llegaba muriéndose.
Nunca pude lavar la maldición de tu esperma de mi vagina ni del piano de polvo de la calle atada en mis botas. Eso no salía ni con jabón ni con poemas. Ni una tumba podía dejar en paz la erupción de la letra en su hueco-crematorio de la teoría que mataba cada noche cruzando mis piernas cuando las paredes tronaban mis desengaños.

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