HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hay un sonido de grieta en la pared. De flor de mármol hundiéndose en el pozo, salpicando de vuelta tus lágrimas muy lejos del libro que las escriba. Ese límite de la sombra y las procesionarias de los pinos, lascivando la latitud de tu soledad en medio de ninguna parte, con deudas en la cromática del verde lijando en tus labios, todas las negativas.
Fui siempre agujero negro entre las canciones de amor. Fui grieta multiplicando la ternura de Franquestein donde nadie llegaría de la mano de nadie hacia el nombre del Sol.
Hoy, allí atrás, la trampa del naipe espesa tu pupila de absenta en los suelos desmantelados de ese sanatorio que nos robó los papeles.
Vamos con la casa partida por la mitad... en los hombros oceánicos del eclipse de las metáforas en el centro del infierno. La excepción fue un cuchillo clavado en el pecho. El dolor se hizo literatura porque lo otro hubiera sido demasiado macabro y viejo, para soportarse cuando explota la mar en los andenes de tu ausencia.
Y será la luna la que vuelva a acercar la esperanza a los caminos sin tierra. Sólo ella la que pueda comprender y salvar en el abismo las líneas de tu mano mezclándose con la hierba y la sangre del Infinito.
De lo otro siempre seré extranjera. Viuda sin luto en la arena que quema tu piel detrás del desierto de las escaleras de nitroglicerina robando en las estrellas los motivos que tus muertos hunden mientras duermes.

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