HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He estado otra vez por ahí... para arreglar una historia de papeleo, para hacer las compras indispensables para ir al pueblo. Huele otra vez a verano, algo vuelve a amarse en mí, sobre el hueco, con tu voz penetrada en la música deconstruida de los chopos del olvido. En paz de diarios y zarpazos bajo la tormenta. En paz del naufragio que insistió el blues sobre tu espejo roto. Ya lo dijimos todo, y parecía literatura. Con ese arlequín hijo del pájaro, llorando caracoles en las hechicerías de alcohol de tus distancias atadas en las mías por el norte muerto.
Todo estaba bien, en la deriva, descosiendo argumentos con los amores que se quedaron esperando el tren equivocado, cuando ninguno recordábamos cómo volver.
Tu infranqueable soledad como la mía, acariciaba en el camino el grito de los corderos. Tu habitación era una mancha de acuarela aullando cielos imposibles en esa fotografía de muertos que te traia el sabor del mar... desde ese cajón, desde esa obligada huida a los confines de la nada. Jamás pude serte certeza, porque yo carecía de toda fiabilidad y camino. Porque mi deseo hacia ti no entendía nada de lo humano, y mi amor, era ese pájaro mezclando en la nieve la peregrinación olvidada de sus ancestros. Me retorcía en el sueño de amarte, como amapola que nunca conoció el sol... y sólo podía enviarte canciones del exilio. Nunca te mentí, más de lo que lo hice a mí misma. Eras lo que siempre había soñado.... bajo los paisajes que la tierra no podría acoger. 
Ahora no te llevo detrás de mi abrigo como pigmento de absenta, ni el horizonte dibuja tu rostro, ya ni en los cementerios. Pero en algún lugar donde el humo hace el bucle del revés del fuego, tu sonido, tu silencio y tu muerte, siguen mezclados conmigo, como espíritu de mar, como latitud enamorada de la ausencia. Sin reclamos. Sin lágrimas rojas corroyendo el escritorio y los autobuses. Es un pentagrama incompleto... es una roca de acantilado ebulliendo la profundidad de la mar, en la herida de mi mano y en la belleza que nunca es de nadie ni ha conocido el amor. 
Lo que de verdad fue determinante en mi grito bajo tu poema ha quedado oculto en mi rostro cuando apoyo sobre el valle las cumbres incendiadas de la nieve. Lo que de verdad más allá de mi sentimiento y de la pérdida ha dado la vuelta de campana sobre el abstracto de tu olor en las cuchillas, ya sólo lo conoce el poema y nadie puede entrar allí.
Ya no es dolor. Aunque no se parece a ninguna otra cosa. Las caracolas en la noche lo recuerdan. El alba obliga a irse.

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