HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He llegado a otro lugar. Vuelvo a bañarme en el beso de la mariposa. Sola. Hacia la costilla de la mar inundando en las aves... la nomenglatura de esos barcos que centellean el violeta cuando bajo esos ojos susurra la inmensidad el nudo del poema entre esos suelos heridos cuando el exilio fricciona lo que las estrellas conciernen en tu papel vacio tomando de la sal la bravura de esos peces que preñaron tus entrañas de música. Hay que caminar. Cruzar el desierto. Retomar el ancla y el fuego. El camino que dista de los ermitaños cantares del cedro, cuando estamos tan lejos de casa.
Vuelvo desnuda. Rendida antes el cosmos, busco las porcelanas de mi abuela, cuando suspiran las algas y los pájaros de la noche no te dejan dormir.
He estado en un lugar del infierno. Donde todo olía a muerte y saqueo. Donde se difamaba en el arroyo de la pupila el beso de la palabra. Donde la oscuridad bebía desde algo demasiado perverso para que pudieran cantar los pianos. He querido entrar allí, para distinguir las señales y los suspiros. Lo he hecho peligrosamente de una curiosidad de flor dormida en las estatuas del mármol. Y he visto algo tan abisal.. que vuelvo hacia mi casa desarmada, sinuosa de la luz y de la ausencia. Con un nuevo sentimiento de la partitura de la selva mezclándose con el Silencio.... con ese latido incognoscible de la madre, en medio de una tormenta, salvando la palabra como a una flor entre tumbas.

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