HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He vuelto al callejón.
La zona cero de tu taxidermia mueve otra vez los órganos que devoran el eco que cae de mis cristales a tus fotografías de sal carnívoras del nombre que suicida el retorcido vuelo.
Vuelvo a ver partirse en mil cachos el suelo que me sostiene cuando un papel sangra tu letanía bajo un telón de niebla que borracho entrañó los espíritus de los muertos, soplando de los espejos del río, alambiques que hicieron con el fuego lo mismo que hizo tu verbo anémico en mi colchón del exilio.
He dejado de oir la canción de cuna en mis desfiladeros. La sombra quiere adueñarse del pulso que golpea la tinta en el barco que te hundió de mi tierra. Yo le doy el fruto, la cáscara y la ruina. Contengo mi derramamiento en ese tren de juguete que yace en el suelo de una casa abandonada con una tiza roja abriendo un orificio entre dos mundos.
Creo que yo vine del de las sombras. Una piel en muda, secándose en el patio, escribía las líneas de tu mano en la lágrima de un espejo. El callejón doró mi cuerpo de la posibilidad perdida en la multitud.  
Aquellas palabras que cayeron como zombis de una pared y ataron en mi intestino la digestión de la luz, cuando pasabas las páginas del molde de fuego que acogía la desesperación, sigue tan vivas en mi infierno... que la orilla mezcla tu cuchilla y la ola, en un amor mucho más profundo y oscuro. Allí no hay casa. No la tuvimos nunca.
Fui saltando entre ilusiones y embargos, el arruyo, el cadáver del espantapájaros, la prometida infidelidad y traición, cuando el verbo es un cerebro de pájaro cociendo abismos que penetran en tus noches como la destrucción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario