HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy es un diario desmembrado en algún lugar donde recogiste de las ruinas el ansia de la guitarra. Y desnudos, cruzamos la latitud de un golpe seco en el pomo de la puerta que atravesaba en tu espanto el rasgullo de un sentimiento que vino de lejos.
Y son horas de humo verde... en los enseres de la artesanía de tus noches de abandono, empapado de sal y whisky hacia ninguna parte con ese grito de vehemencia levantando a navajazos el suelo que contenía la sombra.
Por eso, me desciendo... al alud de tus ventanales, cuando expulsa el perfume la mirra y tu pizarra se llena de dibujos crípticos del pentagrama del fin, pulsando en nuestros cuerpos un deseo imposible que llena de hielo los labios que aguardaron tu decisión cuando no había nada qué elegir.
Pasaron más de mil noches... haciendo esos pozos en la madrugada de tu espejo de cicutas dibujando con sudor motivos para no volver. Yo fui... la tristeza de un suberfugio dándoselo todo al pianista borracho de la esquina de la lluvia. Lo otro no importó. Nunca pude desviar su curso, ni provocar en su corazón lija ni poema. Fue un escenario mutante en el LSD de tus párpados. Fue una manera de huir enamorados. Y aquellos papeles ocultaron las letras de tu nombre en las golondrinas que regresaban hambrientas al despecho de luna de esos callejones.

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