HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy son esas ganas de botellas de ginebra... en el parque debajo de la lluvia. Sofocando el entierro de tus epístolas donde nunca regrese de la equidad de la tinta en las llagas de la espalda... boca abajo al rubor que despedazaste en el fondo de mis ojos cuando se sacaba el abrigo la noche.
A veces sufro ataques de tristeza, sinestésica de un puerto borracho donde nunca ha existido un nombre. Y me entrego a los posos de vino leyéndote augurios de sal en la belleza de los cuervos. Me entrego a la grieta que sujeta con la mano de la estatua el amor roto en tus ojos infinitos. Y vuelvo a colocar esas pinturas en las paredes de la alcantarilla, con un sueño abierto de costilla a costilla en la melancolia de las estrellas. Y no hay nadie. Ni yo me soy mi compañía. Soy la arquitectura de una mancha de acuarela en la autopsia de tu carta ensangrentada en mis senos. Y es un lugar conocido. Es el mismo lugar de mi primera lágrima, del grito contra el techo, de la cuchara de LSD removiendo tu exilio junto a mí. Y pase lo que pase, una metáfora incompleta romperá el enunciado y la inercia del fuego. Seguimos el océano de las sombras en busca de la casa que nunca existió. Todo ha sido un licor de la soledad.... en el engaño de salir de su Teatro a otro que supiera la lejanía del faro cuando sangras por las narices en mi vestido de ausencia. 
La complejidad de mi lejanía es cada vez más sólida y más rizomática. Sólo el lenguaje de los perros rompe su oscuro mecanismo.
Los tambores que chupan de los pinares el beso de la cromática del verde y lo chorrean desde mi cuerpo en tu tumba que abrazo desde el fondo de la tierra a mi sueño de luna. Y siempre congelada limo esquinas en la inmensidad de mi desierto. Deshilacho mis trampas de escritura en las huellas que mastican las amapolas. Y llevo, mi exilio, en mi piel, como lazo de alga, como tu promesa de amor.
Todos son unos extraños. Y yo soy una más, mezclando hierba y violines en medio del infierno. Amando algo que jamás conocí, que soñé 3000 noches con el hielo en mi almohada, con la alucinación serrando las puertas.
La escritura no sirve para que nadie te quiera. La escritura es el pacto de la despedida y el viaje sin fin, hacia la casa que nunca existirá.
Yo sólo sé escribir y querer a mi perro y a la mar. Pero eso no sirve de nada, respecto a la pregunta de los respectos, como todo en ésta vida. Es un ardid de la ausencia y de las ganas de bailar. Un error como otro cualquiera para evitar equivocarse y no poder evitar nada. 
Recordarlo a él, no es bueno para mi vida. Es otro mecanismo de la trampa en el ardor del absurdo. Yo estoy sola junto a la soledad de mis poemas buscando la mar definitiva. Siempre he estado sola, porque no estarlo era ser una persona fingida en el gris teatro de los etéreos y hambrientos de la inexistencia. Dee mis ficciones, pagué manicomio y guitarra eléctrica, en tu cadáver plisado en el aullido de mi desolación. Todo lo que hice para evitar mi suicidio fue a nutrir sólo a la literatura. Porque de lo otro yo sólo fui un escenario que mentía por no querer hacerlo.

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