HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La tregua con aquél interrogante, viene en el expresionismo de esa mancha chupando lo legible de tu carta y derramándolo en mi vaso de vino.
Y brindamos con el agujero negro el eco de tu voz, en un sentimiento imperturbable, al lado de las criaturas del insomnio que te alan la música del templo donde todo se rompe.
Y así, crece la multitud que detrás de mis ojos te separa de mi alma. Y juegan los carboncillos con esos cristales ensangrentados de tu promesa ahogada en el valle, mientras los cerezos se llenan de flores y las sinfonolas aman cada estrella.

Ya no soy respecto a ninguna percepción que aloje en la materia la pasión de tu muerte.
Ya no es mi pensamiento, robando en el infierno, la trampa de un camino para poder hablarte de aquél marzo y que me perdones.

Soy presidiaria del éter que niega cada mapa que trazó el límite de mi cuerpo. Y en su oscuro canto mi libertad se llena de salmuera y ríe.

No son mías las palabras consensuadas. Ni el estar, ni el tener.  
Ya no violentaré nunca más la necesidad de tu olvido. Ahora me alimento lo mismo que él. Y amo de las misma manera con la que no recuerdas marzo ni a mí. Fui el bucle de la melancolía arañando las puertas que me expulsaban de la carta de aquél cementerio. Fui en las reservas de tu derecho de admisión... con esas ratas del callejón, con esa cuerda de pescadores corroida por la sal, la lejana mirada a los mares del sur en la tiranía de las rocas del norte.

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