HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me retiene una palabra que no conozco. La apertura de grises borboteados en ciudades fantasmas. El ausente corazón cosido a puñaladas en mi pecho. Regresándome al oscuro escepticismo de mi hachis debajo de la tormenta, tomando todos los caminos al exhalar como fuego, el crujir de la materia inerte en tu poema desescrito en mi carne como insaciable réquiem. No quedándome en ningún aquí. No entregándome, no dejando nada del canto ni para los gusanos ni para el crepúsculo.
La soledad que me acusa, no la arreglará el amor. Sólo las estrellas. Será cuando vuelva a la plenitud desde mi pobreza y fracaso, desde mi ausencia exarcerbada por los columpios de lava alados de infinito y sal.  Ese agujero siempre ha estado conmigo. Ha venido grapado en mi mente, como la metonimia del canto que busqué. Como esos ojos de vino detrás del callejón zigzeando barcos al Imposible. 
Es más fácil sustituirla por alguno de los dioses. Que buscar su reparación en la tierra, junto a los humanos. 
La soledad tiene miles de caminos, escamados, con ventanas y laberintos, bucles de peyote y de guadaña, precipicios y orillas de versos y la atracción de lo Incognoscible. Yo he elegido su pálpito, cada vez que elegí algo, muy pocas veces elegí, porque quise ser el derretimiento de todos los caminos, y cruzar a través de la nada. Pero cuando tomé conciencia siempre me fui con lo que ocultaba mi escritura.
A veces echo de menos el amor, la alegría de un cómplice, de un loco con bombillas y cuchillos entre las arenas movedizas tocando el saxo. Pero eso es mi debilidad, es mi perdición. Es abrir la oscuridad de la ginebra otra vez en callejones noctámbulos... y perpetrar pecado y accidente.  Mis raros y volátiles caminos, siempre acabaron en la soledad y en su nitroglicerina. Cada vez que viví fuera de mi soledad.. acabé borracha e inconsciente tirada sobre un charco con decenas de cicatrices de espina de rosa en mi piel llena de barro.  Y acudí a la misma pasión de mis errores, mil veces más. Y pasó lo mismo. Ya fuera entre manicomios o entre veneno de tejo hablando con el alba. Tengo 31 años. Ahora debo cambiar la inercia de mi síndrome y el alcohol de mi angustia.  Ahora sé que el camino no está ahí. Está en el soliloquio con mi agujero y en su oceanada. 
He de largarme para siempre, desde un incendio metafísico mucho más profundo de lo que he venido haciendo. He de dejar de soñar el Amor y de sufrir sus etílicos versos. He de arrancarlo de mi imaginario como se le quita la garrapata a un perro. He de olvidar de las noches de verano aquél fuego en mi cuerpo, aquella alegría en mis casas desmanteladas. No es sólo por supervivencia, es por Integridad. 
Cuando mi soledad se ponga como loca.. he de subirla al monte, he de meterla en el río helado, he de golpear las cuerdas de una guitarra y el secreto de Marte. No quitarla su hambre con mendrugos. No prostituirla entre la gente. 
He de remover su fondo oscuro en la creación de cantos de arcilla y de truenos. Cuando me anude su pólvora en la entraña la desolación he de meterla mucho más dentro de mí, donde vuelvo a saltar entre los roquedales junto a los cangrejos. 
He de exterminar del todo en mi reclamo... la necesidad del amor. Hacer vudú de medusas... a mis recuerdos cuando estaba enamorada.. y llevarlos por el río del olvido como órganos de madreselva rompiendo el techo de los templos. 
Ser la única obra, personaje, desgracia y felicidad, de mi jodido teatro. Y esto ha de cambiar desde la entraña. Tal vez cuando entre en trance a estados más elevados de conciencia, inocular la danza de las olas para que se haga, un verbo y mi barco.. sin más grietas de nostalgia.
Ser la única responsable, mi espejo de bruja, mis polos magnéticos, mi pan y mi digestión, mi licor de alas y mi máquina de coser Imposibles a mis cementerios y del revés, con rizomas, con inacababilidad, sin agacharme a la teoría, ni al reflejo. Sin venderme ni al cielo ni al infierno.  

Sé que estos últimos años, he cantado a la Soledad y sus buques y playas. Pero no lo he hecho con integridad, porque mi entraña estaba enloquecida,  entre excesos de taberna volada por los aires, nostalgias de locos sin cabeza colgados del techo de putos rascacielos con demasiadas drogas para cortar en cachos las sombras. Y entre relaciones del cinismo y la merca ambulante, gozando en el cuerpo lo que luego mataba el poema. 
Sé que en el fondo, he sufrido el agujero del amor, y cuando a través de él, me volví un cuervo albino reflectando la noche en el dolor de mis cipreses, lo que estaba haciendo, sin querer, era cantar su jodida cadena amarrada a la flaqueza de mi soledad. 

Por eso ahora, la metamorfosis ha de ocurrir en mi matriz. Entregar mi útero y sus canciones y espinas... al espíritu de la mar. Mi aullido, mis cicatrices, mis huecos y mis sueños. Sin nunca más desviar mi camino al blues de la trampa del poema y la miseria de la necesidad.

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