HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Necesito hallar mi entereza, en mis añicos. Mi compañía, en la soledad. Mi amor, en lo desconocido e inasible. Mi voz, entre espigas y hoguera. Mi camino en medio de la nada. Mi motivo en lo incognoscible. Mi igual, mi cómplice, mi camarada, en los ladridos que por la noche inundan el valle. Darme a mí misma, lo que alguna vez pedí a un ente abstracto de la vida. Cargar yo la sombra y la luz, hacia algo más allá de mí, donde yo no importo. Hallar mi silencio y mi música... entre ruinas y montañas. Cuando los poemas saltan al vacío, cuando no importa ningún quién, ningún aquí, ninguna teoría, ninguna certeza que halla nacido de las limitaciones de la condición humana y el lenguaje.
Voy entre el nihilismo y una idea combustible de lo sagrado. Profana y animal empapándome de arcilla y de silencio. Lo que se roba en mi pecho a través de las palabras, se devuelve en la ruptura del camino y me encharca con los olmos la idea de lo lejano.
Mi ser social, es irreversiblemente un fraude. Sólo se puede fingir una vez que se conoce el resplandor. Y hay mil formas de hacerlo. Las que importan son las que cuidan del corazón y de la música. Da igual conceder por la abrasión del fuego o por la del vacío. Siempre que se afirma, se concede a la nada. Siempre que se expresa un motín del silencio, en una forma social, se le da al teatro. Y detrás de cada palabra que se dice hay un incendio del vacío. Haga lo que haga, tomaré un disfraz. Puedo hacerlo espontáneamente o elegirlo de antemano. Pero del Teatro nadie puede huir.

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