HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

No sé qué tantas vueltas le doy al ataúd y a la lámpara. Todo está claro. Está tan claro que me asusta. Me asusta perder el torniquete de la metáfora y ese anclaje placentarios de vómitos de vino en las aceras, desovillándote tango de amapola y de cicuta. 
Pero todo es más simple. El desierto abre sus piernas.... y en sus entrañas de sal, no hay nada, no se dice ninguna palabra, no se llora, no se pide, no se desea, no se es feliz ni infeliz, sólo se es, y el "es" es también la nada. 
Ya no hay remiendos en tu cabaret, ya no hay orquídeas en el tronco de ciprés, ni estropajos, ni botellas de whisky, ni pregunta con tu sujeto al verbo, ni despeja la X, ni llegarás, ni estará allí el amor.  Las cicatrices tampoco lo son, porque yacen en tu cuerpo como el olvido. Y el olvido ya lo tragó la metamorfosis. Y escupió otra vez el desierto el incendiario espejismo de los que nacimos muertos. 
La casa se va a pique. Pero en pique es el único lugar donde mis labios exhalaron la humedad y la muerte del amor.
Ya está todo bien. Todo acabado. Todo perfecto en la urdimbre de la imperfección y de la despedida.
Esa foto de la mesita, es literatura. El resto de semen y lágrimas, del llamamiento de su réquiem, sólo es un cacho de disfraz en el atentado de lo que no existe. 
No hay nada qué llevarse ni nada qué dejar.
Mi vientre nunca engendrará vida. Mi vientre nació de la discusión no arreglada entre la muerte y la mar. 
Nunca me despertaré entre los brazos del amor. Mi despertar nació del aullido. Mis ojos sólo están abiertos y pueden ver, en el centro de la nada.
Mi cuerpo jamás trabajará para la seguridad social ni para una nómina. Y las monedas que pasan por mis manos, son la muerte cotizada de los otros, no la mía. La mía sólo se debe a la luna. 
Yo no lloré sobre el ataúd. Yo no amé con los humanos.  Fui todos los espejos rotos. Los ecos ensilados donde la putrefacción se hace vino.

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