HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Se derrite desde esa parada de autobús debajo de la noche y de la lluvia, tu espejo de manos escribiendo versos al hueso roto de mi baile de salón, debajo de la alcantarilla. Y todo es literatura, porque lo otro fue sacrificado en una espada que removía la placenta de la mar, nombrándote en la nada. Yo sigo haciendo lo mismo que hacía hace 20 años con los botes de pintura y con la nada. Nunca crecí. Nunca formé parte de ninguna humanidad. Mi niñez siguió delante, diciendo adiós al civismo y sus trampas y burdeles y oficinas y gramáticas correctas. Mi niñez hizo un pacto de sangre con el Fauno o con algún planeta demasiado lejano, y conmigo me llevó a su sueño, aunque estuviera roto y lleno de sangre. Aunque no hubiera nadie para jugar a las canicas o desenterrar al monstruo del océano. 
Cada vez estoy más lejos. Mi pasado es una tragicomedia macabra. Cuando lo confieso a alguien, usando las mismas palabras que su noche clavó en mi cerebro, piensan que es ficción de locos. Y yo me disfrazo con las sábanas sucias del manicomio. Y dejo que el carnaval aclare la luna en la deriva.

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