HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Todo el cielo está cubierto y ha vuelto el frío. Los muertos de la casa... tienen un corazón que aún late entre las hiedras y los cachos de porcelana que amanecen entre mis dedos, cuando ese brazo desde el fondo de la tortuga movió las manecillas de tu olvido y de mi olvido. Y había vino tinto, en la estación. Nadie podría salir con vida de aquí. Elegimos el pólen, el viejo traje demacrado del payaso que lloraba a carcajadas la risa ácida de los desparecidos.
Esa distancia desde el año 99 ha crecido tanto que su raíz ya está en el futuro. No era algo líneal. No era causa-efecto. No era herida, ni aprendizaje, ni crecimiento. Era la cuántica del fuego del ser y el diálogo con la inexistencia. Más allá del tiempo y del espacio.
El amor está ahí, evaporado en olor de los montes, de las piedras, del río. No lo traen los humanos. No es su cumpliento el deseo que pueda ofrecerme un hombre, ni el cobijo, ni el mañana. Eso sólo es hambre. La plenitud si es que existe, flota en lo incognoscible. Y es solitaria.

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