HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

A veces rotar las ventanas desteñidas de tu sombra en cadalsos que preguntaron la ausencia en los pigmentos rotos de tu pintura manchando en mi corazón, los bolígrafos del precipicio. Cortando pellejos que tu máquina de coser hilvanaba en la mar. Sólo la mar amor. Sólo peonzas de nubes para nunca más llorar en la tierra los cantos del naufragio.
Fuimos estacas en el desierto... señalando el norte cautivo de los libros quemados.
Ahora, se abre, en el quejido de un poema, el camino de fuego levitante. Y es el único camino que podemos seguir sin volvernos locos, sin que gane la muerte, sin que ganen las sombras.
Da igual la caligrafía que dejaron tus dados en la calavera en la que viven esos narcisos. La jugada no era para ti ni para mí. No somos de aquí, nunca lo seremos. En mi espejo la niña de las arañas, barre la habitación con el cuerpo de un venado... cuando yo no miro. Oigo sus ladridos, cuando la noche cede el eje de la tierra al piano de whisky. Siento su presencia como un abrigo de ortigas cuando la tumba de la abuela mueve tu tablero de ajedrez y la carcoma baila. He buscado mi regreso a casa, en los callejones más sucios, he cavado noches enteras en mis pozos para volver y sólo el delirio del bosque atrapó mariposas en mis pupilas rotas para no perder el equilibrio en la muerte.

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