HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Decirlo. Pero decirlo de otra manera. 
No con los claveles que corrompieron esa jeringa que clavada en vena persiguió nuestra huida más rápido que nosotros al correr y quemar naves y destruir la cabeza en esa pared de los espejos.
Expropio a mi sujeto, lo lapido. Es más bonito así. Más fácil. No en base a quién, sino al lapicero derramado que una vez dibujó un mirlo en tus manos antes de llenarse con mierda y aguardar los dos una hoguera de cristales para derretir la falsa distancia.
En el fondo no importa cómo llegó a mí.  Ni lo que yo hice con mi culpa ni con la gracia. Daba igual que fuera mío o fuera robado. O que me mintiera y yo enjuagara los cuchillos con su falso amor y manipulara la articulación de la quemada escalera y dijera que empezó en mis costillas, o cuando llevé a su tumba una mala hierba e hice una cruz con la baba del caracol en la retórica eterna, de un tú y un luto, frente al vacío que eran mis credenciales... o la almohada donde matamos al hijo que no tuvimos.

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