HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hace frío. No se oye nada. Parece que hace años que no se oye nada. Fumo un cigarrillo pensando lo mal que se asienta tu fotografía en los escombros. La silla cojea, su sombra va a caer en el charco que nunca ha desaparecido de estos suelos. Mis ojos no recuerdan cómo llegamos aquí, ni cuántos y por dónde se fueron los que han grabado en las ausencias ese olor humano, algo nauseabundo, algo lleno también de ginebra y de los giros de la nieve en tu gabardina de hambre.
Las persianas tiemblan las manos que acuerdan el crepúsculo en la ausencia de las manos que mis manos empujan sobre un teclado que finge tener algo qué decir.
La vida es trágica y ardiente. Tu voz de fantasma baja por mi espalda, mueve mis bragas y la suciedad de mis botas. Si yo quisiera podría hacer nacer un sol de su sepulto y quedarme ciega o fumarme el fauno de la locura y convertirme en un pájaro negro comiendo tu carne. Pero sólo la dejo magullarme en los poros de la piel el hálito apretado del infinito y de la nada.. y siento como emergen imanaciones de humo de mi frío y se engarzan donde sueñan las cigüeñas.
Ya nunca tengo prisa. Ya nunca me creo nada. Y también del revés en la rayadura de un tejado sobre el tango del alcohol.
Mi cuerpo es vestigio de prostitutas y de estatuas. Mi amor es roca y es líquen. Mi memoria es la herrumbre que contagia en tu buzón una jodida carta de propaganda que tiras a la basura, donde esas latas de cerveza te recuerdan que la luna está lejos.
Yo soy la X. que en tus sueños te pone estanca el agua de la mesita. 
Soy el naipe partido a la mitad cuando has perdido todas las monedas y la esperanza, y vuelves hundido en la lluvia y no es a casa, es a ese refugio que con el tiempo se ha hecho un velatorio que te clava en los ojos la fractura de tu rostro. Porque dejé de ser mujer, de ser yo, de ser aquella qué, y me caí en los oscuros reductos de tu memoria, devorada por los poemas que ya no podías soportar, por los canciones que ya nunca quisiste volver a escuchar y me convertí en tu dolor de cabeza cuando no pensabas en nada y mezclabas aspirinas con coñac, y en tu escritorio un libro te hacía llorar lágrimas de cáñamo entre los muertos, pero no había ni una lágrima en tus ojos, ni una mueca húmeda en tu rostro que cerciorara que sentías, que recordabas, nada, yo era la nada... mezclada con el rubor de las alcantarillas, cuando caminabas solo por esa oscura ciudad y sin querer te quedabas mirando esa sucia tapa con rejillas y oscuramente olvidabas muy dentro del olvido, un grito de dolor que ya no dolía. Yo era eso. Nada más amor.

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