HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He vuelto a sufrir, desde hace 3 o 4 días... una daga contra todo lo que siento y pienso. Algo que destruye cualquier arquitectura que busco para hallar la fórmula donde todo lo que he vivido se deshaga en el sol del presente y yo vuelva a la mar.
Las metonimias de mi experiencia a veces se deshollan en un complejo mecanismo bifurcante que me hace unir a través del gas lo que luego escupe un poema ilegible en mi pecho. Y todo cada vez me es más abstracto y absurdo. Sólo yo conozco ese idioma... que parece un sueño maniaco escrito en los techos de un sanatorio que está ardiendo. Sólo escribir puede ayudarme a mover de sitio mi relación abisal con sus abismos.
El desarraigo social.. es una sombra que también manipula mi relación con las palabras y con mi corazón envuelto entre  tirachinas hacia los ojos de los cangrejos.  La ausencia de los otros está presente en las acuarelas de mis ventanas bebiendo del horizonte el ansia de los pájaros y sus bailes.  Juego sola, busco sola la música y el motivo que se vuelva una jauría y el Todo y el paraiso, sin nadie.  Pero me suelo encontrar con un agujero negro que aisla un poema en mi prisión. Un poema que amé y que ya no conozco sus letras. Y es una grieta posesiva que tiñe mi rostro, con conversaciones con fantasmas. Yo se lo doy todo a ellos, porque es más fácil, menos doloroso.  Aguardo a que me asalten al cruzar el puente o al sentarme en una piedra y que devoren desde mi tráquea todo lo que alguna vez dije creyéndome conocedora de los significados.
Me siento como ese chico autista que una vez conocí en el manicomio.... tenía una peonza de madera, se sentaba en un rincón y jugaba con ella. A veces le daban ataques de sociabilidad... y acariciaba a todas las personas su espalda y su pelo y a veces también los pechos a las mujeres... y algunas gritaban  y se enfadaban.... Entonces las enfermeras iban a sujetarlo y lo encerraban en la habitación. Él no solía hablar... hacía onomatopeyas, alaridos... aunque a veces también decía cosas y a mí me parecían muy profundas. . Era un tipo loco, hasta para los más locos que estaban allí. Tendría 30 años, era muy hermoso y sus ojos estaban llenos de brillo y perspicacia. Yo siempre le observaba y trataba de acercarme a su mundo. Él no dejaba que nadie lo tocara, por eso cuando las enfermeras iban a reprimirlo se armaba mucho jaleo y él daba voces y empujones y patadas. Lo hacían sufrir. Pero él era un animal salvaje e indomable. A mí tampoco me gustaba que nadie me tocara ni tocar a nadie. Pero una vez él estaba apoyado en el mostrador de las enfermeras, y yo le acaricié la mano. Me miró de un modo muy penetrante, parecía un poco asustado. Luego vino una enfermera y se me quedó mirando como si yo fuera una zorra lasciva. Y eso me hizo sentir mucha rabia contra ese gente que no entiende nada.

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