HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me gusta llevar la escritura a lugares donde antes no estaba. Por eso me gusta escribir, mi monólogo interior, cuando no estoy escribiendo. Me gusta hacer ese ejercicio de recapitulación, de mis sueños, de mis paseos con el perro, de mis gritos y desvarios, por la  noche cuando me quedo mirando una pared. Llevarla a lo cotidiano... a lo que forma parte de mi alrededor en relación con los humanos..  y con el río y las piedras. Eso me ayuda a dilucitar los complejos mecanismos del abstracto y de mis obsesiones. Y me ayuda a pensar mejor, a abrir la perspectiva... a abrir puertas en los laberintos y junglas de mi mente.  Aunque a veces no me apetece... y descarto mucha información, porque un verbo quiere llegar el solo, con sus historias.. porque lo necesita...  En realidad escribirlo todo es imposible. Incluso cuando estoy sola en el pueblo... y no hay tantas interferencias y semánticas... humanas... las hay en otros sentires y arrebatos.. de la naturaleza y de la multiplicada soledad. 
Y luego está el poema... que para mí el poema es otra cosa... respecto a una especie de horizonte enterrado en el corazón.., voluble y cambiante. Pero el poema, no es todo esto. El poema es el gozo musical, del espanto, del dolor, de lo que se había hecho una obsesión o una rata espía detrás de la puerta. Por eso el poema, aparece sólo cuando está, jodida obviedad, pero inevitable.  A mí me suelen aparecer.. cuando he estado jodida ese día y me he asaltado sobre la montaña o el hervir de la mandrágora, cuando he estado perdida y desesperada..., cuando me he enfadado conmigo y con el cielo y todas las criaturas y he peleado con la muerte..., cuando he vuelto a caer... cuando he vuelto a llorar las nostalgias y los cubos de la basura.. o cuando el espanto me ha hecho reír una risa de cucaracha y de pájaro... Los poemas son una pelea contra la muerte... tal vez también contra el olvido.

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