HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me he salido de la espina de la rosa, al golpear del sol en tu pasillo de algas con el suspiro de la estatua de sal hacia la sombra que corta en pedacitos tu cajón de agujas y botones. 
Los árboles se desentumecen. La literatura, dice, che no me gastes conmigo. Dice, tus trapos sucios recogerían mejor la sangre del rincón, con otra, no yo, yo soy la pintura negra del espejo, yo estoy cansada, nunca he tenido amigos, nunca supe juntar el alba y la noche, ni tus labios y el alcohol, en un tango que pudiera amarnos.
Y acá en mis suelos, mi vestido sucio... regurgita aún el sudor de él, donde ninguna página sostuvo ninguna letra.
Mis videos, mis pinturas, mis ganas de escribir versos y de quemarlos en mi vientre y purgar la maldición del ciprés, está ya vieja. Ya no cree en lo que viene de vuelta. Ya no siente unos ojos de águila penetrando sus miserias y dándome un poco del escombro de tu piano. Se acerca a la muerte, busca los lunares de su espalda, masturba acuarelas en el beso de la ceniza. Y paga todas mis soledades a la mano negra de un ladrón que fui yo misma.
Mi poesía se ha rebelado contra mí y contra ella. Me mira oscura en un espejo roto. Me chupa la sangre y luego me hace una trasfusión, y cada vez más flacas las dos, pasamos más frío y la lluvia, cuando llueve, y casi nunca llueve, pero cuando, nos lima en el hueso, la pena de la mandrágora.
Ya nunca acabamos la frase. Nuestro corazón busca en la memoria de los muertos lo que los vivos llenaron de excrementos de piedra.
Ya no sé lo que es un libro. Ni una ventana. No distingo el arriba del abajo. Caer es subir a vete a saber qué nuevo y ardiente agujero con escaleras de moho y  pis de golondrina.
La deshumanización de la radicalidad de la humanización, me convierte en líquenes sobre el roble. 
No creo en la vida ni creo en la muerte. No creo en mi creo. No sigo mi negativa ni mi afirmación. Soy el vómito de absenta que me salvó del coma etílico una noche puta que yo era un coyote hambriento y agónico. Y madre María, me echó una manta, pero no era una manta, era semen. Dormí creyendo que estaba abrazando a la mar, pero era la oscuridad. Mi papel al día siguiente tenía un extraño dibujo. Tú me causabas tanto dolor que te convertiste en un vocablo del allá, de lo que nunca se comprende. Pero tampoco pude destruir tu rostro.
Sólo las montañas tienen oidos para mi grito de nieve ensangrentada. Ningún humano puede ya oirlo. Y ni yo, cuando muerta de miedo, busco con la palma de mi mano mi pecho, en un colchón del hambre y de sábanas de hielo..y lo toco, para sentir que sigo viva, que aún no ha ardido el mundo, ni yo, puedo sentir mi tacto.

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