HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ya no estoy en el mismo lugar. Y sin embargo todos aquellos caminos, sangran en mi sombra, su flor y su guitarra y su tumba. Y todos, han seguido conmigo, las rutas a ninguna parte. Ninguno se acabó. Ninguno llegó ni se fue. Fuimos aquellas que aprendimos del amor en el manicomio, con esos locos vestidos con latas abolladas que se abrazaban a los ratones y sudaban espinas de pescado en la soledad de la tierra.
Ya olvídate de un amor que absuelva los infiernos. Sigue a los cuervos en la nieve. Su soledad, es mi soledad, es mi luz. Sólo los ojos de mi perro conocen mi corazón. Sólo a la mar le entrego de veras mi piel y mi mañana. 
Somos hijas de las ruinas. Nuestro marido nació muerto y se cayó 500 siglos haciá atrás del último grito de dolor del último mamut de la tierra.
Todos se marcharon de éste camino. Menos el cascanueces de vino en unas escaleras rotas chupándote los restos de esa droga de la fe con cuchillos. 
Mi vagina ahora se moja con coñac... y no con penes. Mi pecho con los poemas que nunca nadie escribirá.... y no con los humanos... allá, en la grieta de los lobos sobre una acera de ajedrez con el vómito del borrachao sujetándonos el suicidio de la luna.  Y sigue la música y te vistes esas navajas en la huella de la lágrima cosida a balazos sobre el crepúsculo. Y galopamos.

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