HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

desde Playa de Traba


No sé cuándo nací madre de lo que mataba.
En mi piel el hielo se hizo rosa, clandestino nido de la oscuridad, convertida en canto.
De mi raíz como mi sepulto. Como mis remos mezclados en la pintura triste que levantó el polvo en tu sombra espantada. Al beso que no concluyó el quebranto de la letra en el borde del fin.
Mi cuerpo fue olvidado entre mis poemas.
Hoy reclama desde la fragua del hueso, su voz.
La memoria de mi cuerpo no fue la de mi palabra.
La palabra para sobrevivir trató de deshacerse de ese crujido de tiniebla.
Y hoy desde su fondo, inevitable grita y golpea las paredes del desahucio. El dictado de ortiga y de culpa, de pedrada y destierro.
Yo lo oigo escondida entre amapolas y medusas.
Con Franquestein pegando en la ventana el aliento congelado de los tordos.
Se revuelve en mis entrañas la absorción del golpe y el desgarro rompiendo el cristal que bebieron mis locos armados de luna en ninguna parte.
La partitura del rayo rasgó las muecas del camino entre gotas de sangre que bajaron tus mejillas como tropas del crimen del sonido que explotó donde tu corazón bombeaba imposible la unión de la antagonia.
Y a trabajos forzados en el abismo de la golondrina, fue fosa y veneno, tu dulzura. La bestia agazapada, donde cierras los ojos de insoportable belleza del valle, abrió las trincheras donde entierras a tus hijos, como espina huérfana que amartillea tu alma, cruzando el infierno de un piano mudo.

Salir es lo mismo que quedarse para siempre, en el vómito de ese verso eléctrico entre un cadáver y un sueño.
Cuando la suma de perdones e indiferencias, cuando después de dárselo todo al amor, una piedra huracanada rasga en el pecho vacío, una espada que no ama ni perdona, la ausencia de la mano en su empuñe ni el horizonte desangrado en su filo.
Porque no sabe.
Porque no tiene nada.
Y entonces sube la arena seca por los pies.
Descuartiza tus postales en el árbol muerto.
Y llora por los ojos trenes disecados, en una huella sola, abandonada irracionalmente en la nieve.

Y de aguantar tanto el pulso a la nada, la sombra de la mano cae derramada en la mesa
agarra tu cuello, como se riega una margarita, cuando las bestias mutiladas arremangan el olvido donde tu equilibrio fue el agujero negro que los bares y veredas usaron para cobrarte el réquiem y el whisky 
que te arrancó la impaciencia y la cicatriz en la tundra del hambre
que te levantó entre esqueletos
el aullido que hoy trae el cielo
como una soga
donde la primera flor
se quita los brazos y la tráquea
para amarte
inútilmente
pero ella siempre lo supo.

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