HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Abrir los ojos en la percusión de una noche incendiada.
Cantan los pájaros. Los oigo más punzantes de lengua de sal.
Más frugales o es el viento en los ojos.
Besos y porros, bajo las estrellas, con un desconocido que tocó pianos cuando no quedaba nadie tras la puerta. Cuando había sido volada con dinamita la llave.
Cuando aún estamos relocos de todos los síes y todos los noes.
Y donde dije sólo las montañas, me cambió el fuego la música de fondo. 
No pude evitar venirme de tus labios ayahuasca.
De la noche, vértigo y humedad, cuando la hierba gime sus animales prohibidos y de asalto embiste luna una duda incontrolable.
No sé qué bruma te cruzó en mi camino. No sé si fue el lobo escondido de tus ojos tristes. El cuarto vaso cuando arde pólen clandestino en el humo. No sé si esa hoguera. No sé si fue por llevar la contraria a mi velo blanco. O porque lo salvaje se abrió en tu piel, tomándote migración de un poema, nómada y noctámbulo. Porque no me hice preguntas, porque no quise decir una palabra. Porque tus brazos levantaron el agua de ese valle y la noche estrellada te cruzó entre mis piernas sin poder sino volarse de maría y vino tinto, un canto sagrado en medio del olvido.

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