HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Acá en mi teatro, todas somos yo y ninguna tiene nombre ni la copia de las llaves.
Es alguna de ellas, la que se desangra, usando tu cuerpo, cuando te odio de luna llena, al cruzar helada mi callejón.
Es yo, la que purgo de noches insomnes, cuando cicatrizo en tu palabra mi rabia.
Es yo, la que me molesta, cuando me molestas.
Es yo, la que se quiere cuando te quiere. 
Son las múltiples yoes, del jeroglífico de la mente.
Ningún otro tú, lo es aún detrás del espejo. Porque de mi vida, valles oceánicos y lobos.
El bosque oscuro de la maquinaria del éter y la carne, antes de salir con todas libres. Y ser de verdad porque ellas hayan muerto para que cabalguen las montañas.
Son ellas el jodido centro desvirtuado del universo que me ofrece un punto de vista, un cuchillo de vista, un eclipse o una fractal, espada y pared, hoguera y peyote, agujero hilado a mil agujeros que atravesar al beso de la muerte.
Son ellas las que se reconocen cuando voy por ahí mordiendo fuego en el asfalto y la ira de los olivos quemados.
Son ellas, con el cadáver de la suya loba, las que me acechan acechando el teatro televisado de todos los otros infinitos teatros de los túes, de los dados y la trampa y el cartón. 
Son ellas las que dictan porque fueron dictadas entre las pelotudeces de los dictados que distan de la verdad de los coyotes cada palabra apoltronada en su suelo estéril.
Cada cicatriz con su siembra de piedras.
Tijeretazo, siempre entre ellas.
Acá nunca sobrevivió nadie más.
Son ellas, carámbano de rana escupiendo al policía.
Son ellas pura infección de sus disputas sin tregua, conmigo, chivo expiatorio y metralleta, víctima y verdugo, papelera y gasolina. Conmigo lengua bifurcada de mi bestia clandestina.

Hoy lo sé.
Ellas me buscan la vuelta en la mesa de carcoma.
Me esperan agazapadas el más mínimo error para echarme ortiga y brasa en la piel.
Ellas pelean por traerme la mierda que las alimentó. Reclaman su alimaña, porque las pobres anémicas de mil mundos sin mundo, se hicieron de cuchilla, flor exiliada, reclamando cadáver.
Ellas son la continuación del espejo de las celdas. Laberinto del minotauro. Ellas son mi perro del aqueronte, la pala, la tumba, el anfiteatro, el gladiador y el tigre, el juez asesino, la tribuna adquirida por la mala formación endémica de la sociedad capitalista levantada sobre el crímen, el asco y el odio y la injusticia que flotaba sobre la tierra antes de que yo llegara. Ellas tienen miles de memorias del infierno. Son mi yonqui, mi guadaña, mis cien mentiras y su pan cada día en la puerta de su burdel. Ellas no se irán tan fácil. Ellas necesitan que me coma su corazón. Que golpeé en la luna lo que las golpeó en su tristeza.
Todas son yo, pero lo que yo soy, está mucho más allá de las palabras que ellas conocen.

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