HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ahora es mejor que no diga nada ahí afuera. Reposar de hierba. Adentrarme de los pasadizos de mis sueños. Voltear sus imágenes. Jugar al ajedrez y al puzzle, descubrir quién de las mías se esconde tras los monstruos y porqué fue encerrada, qué verso necesita ser libre. Aunque juegue a matarme.  Acecharme en ese cuarto de los mil espejos y ver quién lleva detrás una sombra a cuatro patas.

De lo amado y volado, tampoco voy a ponerle velo. 
Eso era lo que hacía antes. Me iba a un extremo, me agotaba de su calor y de su frío, me quemaba demasiado el suicidio de la salida. Y me exiliaba. Me decía para siempre soledad, adiós mundo. Y destruía de mí el latido que me había llevado a las hogueras.

Teñí de glaciares y desiertos demasiados caminos de mi cuerpo, para mantener a salvo del cielo y de la tierra, la verdad ensangrentada. La que nunca me dejaría escapar.

Ya no hay tiempo. La muerte me sigue el paso. La locura me canta al oido pesadillas de Poe, y yo soy todos los personajes en su arquetipo. Espanto de haber apretado el gatillo desde la sien a la mano.

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