HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Aleteo de nubes incendiarias... al galope de una sombra, levantando el suelo, donde sudas brasas de palpar paredes entre tu mano y tu mano.
Nombrar al amor, donde el eco es el vacío de la noche. Donde la articulación de la voz es un salto mortal hacia lo desconocido.
Y acá, pululan pájaros primitivos, exiliados de la materia. Me arrancan los vestidos cuando duermo, me acercan la guadaña de la parca y me obligan a hundírmela si de veras quiero cruzar y oir.
Un sueño me devuelve a casa, cruzando sanatorios de espanto, sótanos de manicomio, garras de murciélago en los ojos. El lenguaje onírico se propaga como la única certeza. Detrás de todo, el éter escala la astilla de mi hueso. Ya no hay marcha atrás. La metáfora es el único vehículo. Su expresión es alucinatoria. La palabra siempre es una alucinación. La alucinación me hace percibir la materia, llamar Carmen a Carmen, y ver el fuego de los árboles trepar clandestino en los cuervos que se posan en la rama. Me hace tocar tu piel. Me hace amar a los búfalos. Detrás de todo, la poesía y sus balas, no cesa ni se detiene. No hace tratos con nadie. Nunca pacta con tu idea de la realidad ni de la normalidad. Tú haces el pacto, generas a través de tu alucinación una hechura... y funciona, porque le das poder. La mente es extraordinaria. Pero el fuego de detrás es implacable.

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