HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Crecí cubierta de cenizas, de aquellos dinosaurios con los que soñaba cuando la ventana de la noche era una cascada de serpientes y ranas hacia los remos de la luna.
Aquellas alas fueron disecadas en el grito de espanto de una calle cerrada donde toda la lluvia se seca.
Crecí acumulando ausencias para volver a la humedad de aquellos labios del infinito y de la nada.
Compré quimeras a cambio de un beso de papel de plata y heroina. Me sumergí con ellas, donde mis huesos cavan tumbas porque no perdonan la trampa.
Crecí amando lo que nunca tuve. Conmigo... al otro lado del espejo, acariciando un buho, descosiendo mis heridas, hilando telaraña... donde alguna vez, estemos otra vez juntas.
Con vaho de sangre en mis uñas, bebiendo desiertos, al zarpazo de la alucinación que traiga vivos a los lobos.
Alimenté oscuridad y rabia, en ese ojo de cristal rodando en la escalera. Cuando el hambre cruzaba todas las distancia en el vacío de mi mano.
Todo era un teatro... porque mi pájaro desaparecido, se  golpeaba con una pared que mi aullido cimentaba en las noches frías, de cólera y dinamita, invicta en mi soledad de perdigón y exilio. 
Odié a todo lo humano por la desaparición de los Mamut en cada uno de mis pasos en el abismo.
Cuando ella, desangrada en la bañera de mi habitación, había olvidado regresarnos.
Cuando los barcos de papel sólo te escribieron esquelas.
Cuando al extender las alas en el tejado, una piscina de cemento te asfixiaba peces en la tráquea del vals.
Sólo hay un camino, y es el de la guitarra eléctrica de las nubes. Con su fuego oculto provocando la fotosíntesis que eclosione el teatro con el útero de las sirenas.

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