HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Danzan los árboles.
Busco su oido en el papel que no escribió nada.
Cede de mi mesa, al vértigo de lo desconocido.
Mi pulso no conoce el nombre de la muerte.
No hay restos de tu sudor.
Tu cuarto es ceniza en la esquina de mi casa, acuna la polilla metamorfa de mi espanto. A mí no me da nada,  pero alimenta a los ratones y no se queja.

Pregunto por él a las huellas disecadas del fuego rodeando el doblar de las campanas en el aullido del cedro.

Si no entiendo nada, es que estoy más cerca y voy bien.

Aún así me ato nubes a los zapatos para no perder la cabeza en una chatarrería.

Haber estado en el manicomio me deja muchos prejuicios en las tetas del tambor desenmascarando al espectro del aliento del vaho.

En algún lugar te desatornillas fados. La ginebra te sube la falda, te amarra de tren que descarrila. ¿dónde coño dejaste la tripulación?

Mis monedas eran todas agujeros de gusano, borrando tabulaciones. Cuando sumas en el amor, cuerno de rinoceronte, y cada vez más pobres endeudamos el recto sacerdotal con la venganza del gorila.

Lalala. Que no te digan rechingos a la madre que te empiojó el agujero de salida.
Hizo lo que puedo, cuando sacar fuera, era fundir metales de cementerios desheredados del grito animal transfiriendo tu sangre en las secuelas de una calle desmemoriada de la cicatriz de tus nudillos.

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