HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

De callejón entre los brazos, entre la lasciva humedad de tus muertos. Mentí la paloma hambrienta.
Porque las piedras sangraban la inmemoria acorazada que exilió todas esas ventanas de ojos hacia adentro, asedio de un poema, flotando en el presidio, el latido perdido de la mar.
Entre mis pies, sucios de mora y barro, caminé sepultando, el vientre que ofreció la palabra, en esa diatriba de la lengua y la luna.
Hoy frente al abismo, busco la guitarra, tirándome al hoyo que en su angustia preñó la lejanía.

La poética, la de harapos y uñas postizas, la del venado y el lobo, la de la lluvia drenada a golpes por las cicatrices de la tierra colgadas de un cielo indeciso de moratones que impusiste en tu cuerpo.
Ha de ser, todo lo que estremezca. En cualquier tipo de voz, de guadaña, de puerta rota, de hierba que entra en erupción. Ha de soltarse, de la necesidad que mi supervivencia roba al crepúsculo. De mi trampa. De lo que oculto o moldeo, para evitarme.

La soledad ya no discute, con las ausencias que rompen los techos. Ya no le echa mierda, al corazón que navega a solas. Porque siempre han estado los perros y los peces. Porque el agua no ha callado. Porque los bosques están llenos de misterios. Porque en mi mano vacía, también el peso de las estrellas escribe un lunar donde vienen a comer las lagartijas, la tormenta, la noche, y los nombres desaparecidos entre la bruma.

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