HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

De todos mis personajes, emparentados con la hoguera clandestina, desangrándose la luz, acá dentro, vendiéndose espejos de manos, para mirarse de rabillo, su mitad del rostro sólo de gas y bruma.
Ellas, bebiendo del símbolo, una habitación antagónica, donde rueda mezcal y ninguna puede dormir.
Siempre es acá dentro, donde al cavar kilómetros de noche y de abajo, se oye el murmuro del amanecer.
Acá dentro, regateando un verso, por si a todas las sirve para tirar su casa y regresar al mar.
Cada una vive, de su memoria de aparejadora ebria, de disbruidora de lo ausente, de remezclante de lo Imposible.
Cada una, tomó su corazón, del fractal irreconciliable con mi hechura y mi saber.
Cada una, se acorazó de su grieta, juntó agujerito de carcoma en mi pentagrama. Porque era el Hueco, mi unión conmigos, con la luna, con el amor. 
Ellas belicosas, me lamieron de sal los ocasos, me afilaron puñales, para hablarte en voz baja y que fuera cierta la sangre y el aullido. 
Ellas hicieron acuerdos que olvidó la tierra, fueron olvidadas, invictas del negro de mis ojos, de esa luz compacta que crece en la oscuridad de mis huesos y determina las cromáticas que corren en la percepción, los pájaros que se desintegran de amor donde la piel no conoció ninguna caricia.
Ellas reclamándome contra mí y hacia el sol, contra el sol y hacia mí.
Mi juego de cuchillos y naipes, reloca de azotea de Mercurio, de manantial de amanita, de tanto tú sin beso en la boca que te vista payaso de carámbanos de gorila. Pegadito a mis piernas, zarzal de llama, espina que abre los labios al viento, sueño bello, entre sueños, todo es sueño. Nada se parece a lo que se parece. Nada se sabe donde crees que sabes. Nada es lo que dices que es.
Fuimos hechizo de brujas. El puchero, la cuchara y la escoba de heroina, era la palabra y el cuerpo. Todos fuimos embrujados por brujos sin cabeza. Nos hicimos de sombrero, su tristeza y su risa desestabilizante. Nos aciduló la materia, pianos derretidos te tiraron por las escaleras. Abriste la mano y la echaste remo en la noche de la pesadilla, no pudiste tocar lo que te tocaba, aquél fuego era un minúsculo quiebre gigante de la cadera del punk. Y adentro, donde todo bombea galaxias, confundimos la lombriz y el ombligo, en el tacto de los tilos que vuelan.

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