HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Dedicarme por ahora, al tambor y al viento.
Los árboles hablan, hay que abrir el oido de los pies y del útero, de la línea de agua de la mano, toda niebla cuando los perros bajan por la noche.
Por sombrero llevo una ardilla, una jarra de agua de mar y barro.
Te quise infinito, en mi cuerpo viejo.
Mi otra, cuida los rosales de la espina de tu ley de gravedad. Pero son los insectos y no yo, los que traspasan en la ternura, el pronombre. 

Es a veces díficil guardar la compostura y la lucidez, cuando se calla el peyote tan adentro que cienes de pozos drenan tu palidez en un silencio lascivo de trenes que llegan en el insomnio y rompen de mis vértebras tus ventanas. 

Lucho, por conservar la magia de los sueños y traerlos más allá de mí y de las toneladas de celdas que pusieron los que olvidaron.
Yo también olvidé, lo negué todo, menos ese fuera de campo que me mantuvo unida a la danza de los perros. Saltar al vacío, no es tan fácil, cuando las cicatrices de la realidad ordinaria endeudan vino derramado entre tumbas y burdeles.

Nada de aquello permanece.  Y sin embargo su existencia, es también maíz en el campo sobre el que los cuervos cantan primitivas canciones de mezcal.
Es y no es es. 
No es divisible. Es acumulativo de la vuelta de campana entre la nieve y el fuego.
No se puede desintegrar sino es con el incendio que multiplica cada ácaro de polvo, llorado y amado en medio de la selva y de la nada. 
Hay que engancharse al viento, a lo inefable. Cada una de las piernas, navega en orillas antagónicas. Lo contrario se convierte en un barco. Pero hay que dejar a remojo el esqueleto en los árboles.

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