HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Del esqueleto del búho, en esa manga descosida, del callejón que transporta el agua que se secó de asfalto, de nube en nube, cuando abres las piernas y sueñas, truena, y cae a trompas, la primera humedad, la que pone verde el valle de nuestras muertas y roji-negra la voz clandestina que levanta hasta los muertos.
Ceniza-madre, hija de cartuchos imposibles, a salto de crepúsculos, uñas de la mar, afiladas como metralletas contra los que vinieron a secar nuestra tierra.
Gimen al otro lado, disecadas máquinas de escribir en la erupción de las hueseras. Toman del hollín, tráqueas animales, pervierten la civilización, con su morada de aire, y aúllan noche tras noche, los alaridos encerrados, con la lengua en el fuego depositan semillas de roca que rompen las falsas catedrales. No queda en pie prisión, cuando fuimos fragua de paredes, heridas mil veces por el plomo. Y en la claustrofobia del presidio hicimos del oxígeno que no quedaba, danzas de manicomio, donde las bestias al oido dibujaban océanos que hacía de nuestra muerte barca al infinito.
Nosotras somos libres, porque tragamos uno a uno todos los barrotes. Y la sombra que acusaba en el espejo, fue la autopsia que hoy toca pianos de lobos hacia las estrellas.

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