HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Desde que regresé de la mar, he estado buscando... la mar, en el interior de los bosques. Descubrí lo extraordinario en un tipo de percepción y de camino del que es mejor no hablar, porque las palabras son piedras de ceniza. Inconvenientes, articulaciones necesarias para cierta muda de la hoguera entre los pájaros, pero descensos de bruma cuando las montañas abren sus párpados de metal en el viento que gira en espirales que han estado con los muertos.

Todo es muy raro. Y la rareza es la necesidad del reencuentro.

Estoy metiendo en un equipaje de humo, todos los minutos de mi vida de antes. Meto llama. Agito. Desaparezco. Ella en su agonía, despierta en mis huesos, el vértigo de lo desconocido. Me desgarra. Me obliga a la lucha. A mantenerme despierta cuando todo ha cambiado con el estrépito de las bestias que siempre conocieron mis sueños. Bebieron de mis ojos, el mármol que yo bebí de los suelos, cuando a cuatro patas las garras de lluvia drenaban sangre de los caminos intermedios, entre la muerte y el canto.

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