HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Deshacerme del ego poético.
Beber la humildad de la ceniza cuando el fuego canta. 

Ningún verso es mío.
Todos nacieron del no-yo ayudando a matarme.
Porque era yo el jodido problema. 

Era mi historia embuchada en la sangre del cordón umbilical.
Era yo alambique retorcido dando vueltas a la noria del hambre retroalimentada por mi hueso roto de cazar sangre donde no corría el viento.

Con la pesada sombra de la desaparición no arreglada. Echando pintura de payasa y de suicida, en mi rostro, para tomar de algún afuera, una honrada muerte, que no sería nunca, porque yo quería salvar esa bala. 

Era el orgullo de ese pellejo disecado en whisky, dando de comer al jabalí y a la bacteria.
El orgullo noctámbulo, de romper la maquinaria en ese lugar donde yo ni muevo las agujas ni soy dueña de la humedad de la arena.

Era la oscura venganza de la niña desaparecida entre arañas carniceras.

Era conceder a un holograma abstracto, la abstracción convertida en guerra, confundiendo el sujeto y el verbo en un agujero de gusano. 

Todo estaba dentro de mí. Donde yo debía de apartarme para comprenderlo.
Secar las heridas en la sangre de la cigüeña.
Perdonar. Pero no por misericordia ni ruego en medio de la pesadilla. Sino por haber escuchado a los árboles bailar cuando en mi calavera el río también cruza.

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