HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El desierto emana de mi casa ambulante, alquilada a los muertos, pago sus recibos, con los gusanos de la seda, con los zapatos-astilla, con el vendaval, sin ti para siempre.
La arena fría y seca, viene con mi cuerpo y cubre todos los rostros que alguna vez me creyeron.
Expía desde mis cicatrices, la distancia insobornable que me lleva. 
Tengo una deuda con el suicidio. Alguna vez, salté, en busca de mi destrucción. Ella, desde el abajo de los abajos, me exige el boca a boca.  Bañar mis piernas, con anguilas. Revivirlas cuando yo corté sus tendones. Y tirarme a la mar, sin queja, sin agravio.
Por eso mis cajones por las noches abren, muñequitas de vudú, que juegan a matarme. Porque en mi sombra, mi niña muerta, busca lo que es suyo.
Todos los fantasmas, al principio parecen demonios y asesinos. Pero detrás del espanto, el agua, busca la hierba y el verde.

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