HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El verano calienta esa danza de tordos, donde los labios echan vértigo de la palabra incendiada en ese abismo de nómadas sin casa. Desposados de luna, viudos de la humanidad. 
Me da temor verte hoy, y seguirte o no seguirte al bosque. Hablarte del desierto o hablarte de la mar o no decir nada y cruzar al otro lado de la orilla.
No quererte o quererte. Acabar el vino que quedó anoche o no volver a tocarte jamás.
Preguntar por tu historia o llenarlo todo de migraciones donde no importe nunca que caminos arden.
Me da temor de mí. De serme mi desconocida, incontrolada por tambores de estrella. Esa mujer etérea que desmiente una a una las pestañas, que habla en una lengua extraña y cruza las piernas en tu espalda, te une a mí, para separarte de mí. Y sólo la luna comprende mi antagonia incendiada.
Yo qué tan rara, vine a caer, entre humanos. Con la irrenunciable despedida en el negro de mis ojos.

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