HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Equivoqué mi horfandad de vientre.
Ella que profeta de yonquis, me lloró sangre, en la mano de la urraca.
Y a cuchara de madera insistí la marginalidad liberada del yo-rata, en el agujero.
Metiendo mi hocico por tu chatarrería.
A favores del humor del contrachapado a machete e incendio. 
Saqué las puntas y las planté en el jardín. Creció tan hermosa y alta la sombra del ciprés que el verde se perdió en el infinito.
Y tocar el cuerpo, era salir volando por los aires.

Fui bastarda de la leche que me diste.
Cuando los sanatorios me hacían sudar cristal por los sobacos.

Fui desagradecida y déspota, de tu muñeca de vudú, curándome la enfermedad de la que no me podía deshacer por la extraña honestidad de mi tumba en armas.

Fui pasajera e intrusa, de tu cuento de algodón.
Tan loca del hueso hecho lanza.
Tan hambrienta de mi carne en el cañón. 
Con tantas dianas, en mi cicatriz, sin querer eché bala contra tu corazón. Y nunca supe disculparme. Sino al vals de zopilotes. 

Vuela de niebla, en el machete del tronco. La madera necesita agua.
La hierba te quiere junto al jabalí.

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