HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Eras bella de mar congelado entre cachos de madera huérfana de ceniza.
Te quise toda de alpiste y limosna.
Fumé opio hacia tu boca contra mi vida.
Te rodeé el paso, lechuza hambrienta. Jeringa de la oscuridad oculta entre mis faldas. Sólo para que las aves no se ofendieran de mi muerte.

Pero en la purga que me envió el fondo del pozo.
Te deseé, piedra pateada entre mis dientes.
Nunca más. Cuando los lobos ya no tienen amor. Cuando el engaño requiere enterrarse bajo toneladas de tierra hasta que la luna me sangre encima.

Y de carrusel de sol y de lago seco. Vagabunda perseguí la pobreza que volaba. Desarmada los cuchillos que vivían en secreto dentro de los búfalos.

Fui mezquina de lo que me había abandonado.
Por eso apreté el gatillo en el espejo.
No conocerás nunca ese amor de nicho que te profeso. Ni te diré lo hermosa y justa que me fuiste, en el baile de los desaparecidos.

Ya no guardo naipe en tu mesa. Los dados los lleva mercurio.
Mis números son todos la obscenidad del abstracto.

Mi corazón tan frío no toco entonces aquella guitarra. Y hoy su música ya no lleva allí.

Proscritas calles insisten un nuevo carnaval.

Contigo en paz hermana, de la lanza, del fuego y la ceniza. Pues aunque nunca más, aquél viento echó rama donde las dos moríamos de la muerte. Y sus flores vivirán siempre en ti.

De mi mano, siempre un mosquito, te querrá en la noche. Toda de ala, hija de la tierra y las estrellas. Pero no conmigo.

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