HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Esa alfarería con tu reloj lapidado en la muñeca de cartón del espantapájaros hermano del cuervo.
En el valle, estaca de llama, periferia de lo que el olvido se llevó para contenerte medio cuerpo en la nada y poder recordar.
Habito mi cueva de intemperie. Asomo sólo pico orzuelo al ojo de la trucha. A la calle que serpentea la sed hecha lienzo de paja ajada a la hoguera.
Conozco las limitaciones del territorio cuando abundan esas grietas verticales, se levantan montañas, entre mis brazos y el cierzo, me hunden de catacumba el sonido.
Por eso desando 100 km hacia dentro, cada palabra que expreso afuera.
Por eso ya no me aguardo al otro lado, con un papel escrito. Ni dejo migas de pan, ni sólo alimento para la raposa de la noche que vela.
Dentro de mis ojos, hay un líquido muy frágil. Lo protego, armándome con la fragilidad. Dejo que llueva en las rotas piezas de barro. Necesito al tiempo para ensilar mis cadáveres y que alimenten a las rosas. Necesito la práctica del réquiem despiadado. Del no abriré ni cerraré la mano. Mi prisa no es de éste mundo, pero está debajo de todos sus cementerios. 
Yo soy peligrosa para aquello que persigo.
Por eso me pongo mezcal panza arriba a la sombra del abedul y nadie me ve, nadie veo, sino esa despresencia de cuatro patas que galopa hacia el resurgir del hueso, cuando la carne y la sangre se toma de la grieta.

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